"La prensa, tan habladora en el asunto de las ratas, no decía nada. Porque las ratas mueren en las calles y los hombres en sus cuartos, y los periódicos solo se ocupan de las calles"
Si uno se abstrae por un momento que está leyendo una novela francesa escrita en 1947, casi que podríamos pensar que Camus escribió una crónica sobre lo que nuestro mundo contemporáneo vivió en épocas del COVID.
En la ciudad de Orán se desata una terrible plaga por causa de las ratas y quedan sumidos en un profundo aislamiento. En un primer momento, los ciudadanos y las autoridades de Orán no registran la peste. Los medios no hablan, la vida sigue, no hay porqué darle importancia. Siempre estas tragedias parecen lejanas, y siempre parecen ajenas. Los que han vivido pestes fueron los antiguos, en otras épocas. Lo mismo, cree Camus, podría decirse de las guerras. Nosotros, los americanos de este siglo, miramos las guerras en oriente como algo que siempre ocurre, algo a lo que estamos acostumbrados pero esto parece que nos adormece. No podemos, hasta que no ocurre la vivencia concreta, entender el nivel de destrucción y de crueldad que realmente implica todo eso. Quiero compartir un pasaje que me parece hermoso:
Las plagas, en efecto, son una cosa común pero es difícil creer en las plagas cuando las ve uno caer sobre su cabeza. Ha habido en el mundo tantas pestes como guerras y sin embargo, pestes y guerras cogen a las gentes siempre desprevenidas. El doctor Rieux estaba desprevenido como lo estaban nuestros ciudadanos y por esto hay que comprender sus dudas. Por esto hay que comprender también que se callara, indeciso entre la inquietud y la confianza. Cuando estalla una guerra las gentes se dicen: "Esto no puede durar, es demasiado estúpido." Y sin duda una guerra es evidentemente demasiado estúpida, pero eso no impide que dure. La estupidez insiste siempre, uno se daría cuenta de ello si uno no pensara siempre en sí mismo. Nuestros conciudadanos, a este respecto, eran como todo el mundo; pensaban en ellos mismos; dicho de otro modo, eran humanidad: no creían en las plagas. La plaga no está hecha a la medida del hombre, por lo tanto el hombre se dice que la plaga es irreal, es un mal sueño que tiene que pasar. Pero no siempre pasa, y de mal sueño en mal sueño son los hombres los que pasan, y los humanistas en primer lugar, porque no han tomado precauciones.
Pero, a medida que la situación empieza a ser más grave, se vuelve necesario cerrar la ciudad para que la peste no salga. El aislamiento comienza a cambiar la percepción de los habitantes. Una despedida deja de ser un ritual simple y pasa a ser un condicional.
Los telegramas llegaron a ser nuestro único recurso. Seres ligados por la inteligencia, por el corazón o por la carne fueron reducidos a buscar los signos de esta antigua comunión en las mayúsculas de un despacho de diez palabras. Y como las fórmulas que se pueden emplear en un telegrama se agotan pronto, largas vidas en común o dolorosas pasiones se resumieron rápidamente en un intercambio periódico de fórmulas establecidas tales como: "Sigo bien. Cuídate. Cariños."
El aislamiento cambia la percepción de la vida. Los habitantes de Oran empiezan a notar cosas que antes daban por sentadas. Parecen notar, en particular, el presente. Había un antes de la peste a dónde muchos quisieran volver, pero también había quizás un después de la peste a donde muchos quisiera apresurarse. La prisión no es solamente espacial, es también una prisión temporal. Pero, nos insiste Camus, lo que más trastornaba a los ciudadanos no era la cifra de muertos, ni el medio general a la enfermedad. Lo que más los hacía sensibles a su situación era haber abandonado sus lujos o las costumbres de su día a día. Los muertos aumentan, pero la gente no le suma gravedad al asunto. Siguen yendo a los cafés, siguen yendo a los cines, siguen encontrándose en las calles. Después de todo, mientras no me pase a mi ni a mis cercanos, la peste sigue siendo un accidente temporal.
En la ciudad no solo se encuentran el Dr. Rieux y los habitantes, sino también Raymond Rambert, un periodista que estaba trabajando en Oran y de pronto se encuentra en medio de la ciudad cerrada y no puede salir. Su amante se encuentra en París y él no puede volver. Además, no conoce a nadie en la ciudad. Está totalmente solo.
LA REALIDAD DEL MAL Y EL SUFRIMIENTO
Quien más nos interesa en esta primera entrada a esta obra maestra es Rieux. Rieux es un médico, y como tal vive la peste de una manera diferente a los demás. Rambert tiene una conversación con él afuera de un hospital y lo acusa de vivir en una abstracción. ¿cuál es la abstracción? Dictar leyes que sean generales en medio de la crisis, cuando existen tantas circunstancias particulares que nos son imposibles de comprender. Rambert es una sola e insignificante persona y quiere volver a su hogar y volver a ver a su mujer y no puede entender porqué un grupo de gente de pronto decide que no puede.
Rambert no es tonto. Él puede entender lo que significa la peste, pero solo desde el concepto. Rieux la entiende en su realidad. Es llamativo que Rambert acuse a Rieux de razonar de manera abstracta cuando él es quien se enfrenta en concreto a la peste. Es hermosa la ironía con la que se expresa Camus después, porque Rieux sabe lo que era diagnosticar a alguien: el aislamiento, el miedo, los ruegos de los pacientes. Un apestado tenía que ser recluido y sus seres queridos no sabían si iban a volver a verlo. Para Rambert era abstracto todo lo que era ajeno a su propia felicidad, pero Rieux no podía escaparse de "la abstracción", su vida ahora giraba en torno a la tragedia de la peste.
Rambert parece no poder entender que existan prohibiciones en medio de la peste. No puede conciliar la idea de que alguien racionalmente y metódicamente tome medidas que lo perjudiquen, como si todo el sacrificio fuera solamente suyo. Pero Rambert descubre que Rieux también tiene a su mejor a cientos de kilómetros de Oran y que tampoco puede verla. Ahí se da cuenta que él tampoco vive en la abstracción y que su sacrificio también es real.
Pero hay otra tensión todavía mayor: por supuesto la religión. El padre Paneloux da un sermón al respecto de la peste donde intenta entenderla a la luz de las escrituras, según el Antiguo Testamento, como una suerte de castigo de Dios, inspirado en el Amor. Pero la interpretación de Paneloux también es de cierto modo abstracta. No conoce el verdadero sufrimiento. Rieux, que es ateo, sí lo conoce. Rieux no puede conciliar esta idea de un Dios que permita la peste.
El momento en el que todo parece volverse más real es la muerte de un niño donde tanto Rieux como el padre Paneloux se encuentran presentes. Sobre el final de la escena y tras la larga agonía Rieux no puede evitar confrontar al cura: el niño era inocente. ¿Cuál era su culpa? ¿Dónde está la justicia? ¿Porqué merecía la peste? En un diálogo posterior, Paneloux y Rieux comparten una conversación que comparte cierta similitud con el pensamiento de Dostoyevski: lo absurdo del sufrimiento del inocente
"—Lo comprendo —murmuró Paneloux—, esto subleva porque sobrepasa nuestra medida. Pero es posible que debamos amar lo que no podemos comprender.
Rieux se enderezó de pronto. Miró a Paneloux con toda la fuerza y la pasión de que era capaz y movió la cabeza.
—No, padre —dijo—. Yo tengo otra idea del amor y estoy dispuesto a negarme hasta la muerte a amar esta creación donde los niños son torturados."
Parece que este tipo de acontecimientos no son compatibles con la misericordia y el orden de Dios. Algo cambia en Paneloux en ese momento. Da un segundo sermón: distinto al primero. No puede comprenderse todo cuando se trata de Dios. El mal es un absurdo, pero es un absurdo tan crudo que nos obliga a aceptar incluso el sufrimiento del inocente. Es necesario, dice Paneloux "o creerlo todo o negarlo todo" pero ya no desde la sola razón ni desde las categorías humanas: la peste no es justicia. La peste es la crueldad y es el absurdo.
Hubiera podido decir que la eternidad de delicias que esperaba al niño le compensaría de su sufrimiento, pero, en verdad, no sabía nada. ¿Quién podría afirmar que una eternidad de dicha puede compensar un instante de dolor humano?
La escena de la muerte del niño a causa de la peste, tiene otra función poderosa. Muchos de los personajes se van, porque no la pueden tolerar. Rieux, el ateo, el médico, se queda. Le resulta terriblemente doloroso, pero soporta el sufrimiento, lo vive, lo atraviesa en cada enfermo. También se sacrifica. En Rieux no hay abstracción, la peste es real.
***
Hace mucho no visitaba las páginas de "La Peste" y me recordó cuanto disfruto enfrentarme a libros que constantemente nos ponen en conflicto con nuestra cotidianeidad y con nuestras creencias. Muchos de los autores que me gustan: Dostoyevski, Victor Hugo, el propio Camus tratan con mucha insistencia el drama del sufrimiento y el de la esperanza del hombre. También el tema del mal. Creo que no se puede tratar de otra manera. Desde la filosofía nos enseñan a pensar que el mal es un concepto privativo, es ausencia. Asi como la oscuridad no es algo que tenga realidad en sí misma, sino que es solamente falta de luz. Algo que no está. Pero la peste era real.
Seguramente volveremos sobre este libro en algún momento, pero creo que a esta altura ya tenemos mucho para pensar.
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